miércoles, 26 de junio de 2013

109 Descanso

Pasaron bastantes días desde aquello.

Al menos a mí me lo pareció. No tuve una referencia clara del tiempo que había pasado, ni tampoco mis captores me lo indicaban. Sólo sabía que estaba en Madrid, en alguna dependencia policial de la que yo no tenía conocimiento. Posiblemente en el CNI, en algún sitio de alta seguridad. Cuando llegué, me llevaron encapuchado, pero no pude evitar escuchar los comentarios esporádicos de los tipos que me llevaban en furgoneta. Tampoco fui ajeno a la algarabía que se organizó al llegar a nuestro destino, preguntas a gritos de docenas o cientos de periodistas y varios tipos de insultos dedicados a mí por parte de (supuse) espontáneos. Me decepcionó no escuchar el ruido de los flashes de los fotógrafos, pero me di cuenta de que ahora los flashes electrónicos no hacen nada de ruido.

Y así llegué a mi celda. No estaba demasiado mal, pero no tenía ventanas; la cama era cómoda, pero los tipos que venían cada mañana (todos ellos vestidos sin uniforme alguno, simplemente traje y corbata) no tenían ganas de comentar la comodidad del colchón. Me llevaban a otro sitio y me interrogaban.

A veces era en plan poli bueno, poli malo. En estas ocasiones me llevé algún que otro bofetón por parte del malo. Otras veces era en plan colega, plantando documentos llenos de pruebas incriminatorias ante mí, y citándome leyes que yo ya conocía para convencerme de que le diera nombres, fechas, motivos por los cuales quise volar el edificio.

Yo sabía que dijera lo que dijera, no les iba a gustar. Probé a decirles todo tipo de cosas, y me llevé mis raciones de bofetadas. Pero eso no me importaba demasiado. Lo que me tenía inquieto es que no mencionaban para nada a Alicia. Absolutamente para nada.

Eso podía significar varias cosas. Que la tenían allí en otra sala. Que ya le habían sacado toda la información que podían. Que había huido y era demasiado vergonzoso para ellos admitirlo. Que tenían órdenes de no revelar nada sobre ella para ponerme nervioso y que confesara todo.

Que estaba muerta, reflexionaba yo de vez en cuando con un nudo en el estómago.

Resolví no pensar en esas posibilidades. No tenía sentido. Es un error teorizar antes de tener todos los datos, decía Sherlock.  Así que decidí ver hasta dónde llegaba todo aquello.

Me preguntaron a gritos, muchas veces, dónde estaban las libretas de Gant. Eso era lo único que no podía decir claramente. Me limité, todas las veces, a decirles que el almacén donde se guardaban todas había sido destruido con el edificio. Incinerador, etc. Nadie podría decir que yo mentía, en realidad. Ni siquiera un detector de mentiras (que usaron varias veces) pudo determinar lo contrario a esa afirmación.

Dediqué, pues, todos mis esfuerzos a olvidar, a sacar de mi mente la imagen de Alicia, vestida con su velo, corriendo hacia el control de pasaportes del ferry, con la única libreta superviviente en el bolsillo.

Un día (o noche), cuando ya comenzaba a sentirme agotado de aquello, aparecieron en la sala de interrogatorios Gazpacho y Mochilo. Esta vez no había grabadoras ni portátiles ni nada. Solamente llevaban un cubo de agua y una sábana. Me sonrieron, y como un flash-back me volví a ver en aquella base aérea, de noche cerrada, a punto de ser sometido al puto waterboarding. Pude escapar y huir a la oscuridad; aqui estaba entre cuatro paredes. Tragué saliva. No se muere uno de esto, Velázquez, me dije una y otra vez.

Pero me sentí morir.

Sentí como mis pulmones querían explotar de tensión, al verse al borde de la asfixia, mientras echaban agua sobre mi cara a través de la sábana. Imposible moverse: esposado. Imposible gritar: asfixiado. Imposible patalear: también asfixiado. Los dos sádicos hijoputas me preguntaban mil veces las mismas preguntas, dejándome respirar unos instantes, y después volvían a lo suyo. En mi mente destruida por la angustia, al borde del colapso, sólo sobrevivían dos pensamientos: Alicia no existe, no pienses en ella; y no se muere uno de esto, tío.

Cuando terminaron, me volvieron a sentar en la silla como es debido. Gazpacho me quitó las esposas mientras Mochilo me apuntaba al pecho con su pistola.

-Para que no hagas tonterías -dijo satisfecho. ¿Satisfecho de qué? pensé triunfal. No te he dicho una mierda.

Hicieron entrar a dos tipos de uniforme de policía. Uno de ellos llevaba una ropa limpia, camisa y pantalón y una chaqueta. Sin dejar de apuntarme, Mochilo me habló, amistoso.

-Vístete. Eres libre.
-Y una mierda -musité, recobrando aún el aliento, y completamente desconcertado.
-Lo eres -insistió-. Vístete, y estos señores te llevan a dar un paseo.

Lo del paseo me recordó a tiempos pasados, pero a la vez demasiado recientes. Así que esto era el final. Me sacaban a un descampado y me pegaban dos tiros limpiamente.

-La pena es que me quedaré con ganas -les dije con rencor mientras me vestía- de sacaros los ojos a los dos con mis propias manos. A vosotros y a vuestros jefes y a esa puta.
-Chsss -me interrumpió-. No te pongas chulo, Velázquez. No lo empeores más. Podría ser mucho peor. Ya sabemos todo lo que queríamos saber, así que no tiene sentido que te tengamos más. Hay leyes ¿recuerdas? Tú deberías saberlo. Sin acusación previa no podemos retenerte más, así que puedes irte a tu casa.
-Hay leyes, sí -gruñí mientras contemplaba la chaqueta, la última que llevaría en mi vida-. Entonces ¿el juego de hace un rato? ¿El cubito de agua?
-Bueno -rió Gazpacho sarcástico con su acentito andaluz: llegué a odiarlo-, no nos gusta dejar las tareas a medias. Que luego tenemos que hacer informes y papeleo, compañero.

Entonces entró otro fulano con una bolsa de tela y me la puso sobre la cabeza. Bueno, vamos allá. Esposado me sacaron por los mismos (u otros) pasillos a la calle. Llovía. Esta vez, me pareció escuchar, no había nadie esperándome. Y esta vez no me metieron en ninguna furgoneta policial: fue un coche normal y corriente.

Los agentes que me llevaban no cruzaron más que 3 o 4 palabras en la hora que tardamos en el viaje. Creí escuchar una autopista, luego una carretera más estrecha y finalmente muchas curvas y recurvas a baja velocidad. Pero algo me extrañó mientras nos acercábamos al final del recorrido: paradas largas y los intermitentes haciendo "tic tic tic".

Eso no lo hace uno cuando va por un camino entre huertas o descampados. Eso lo hace uno cuando conduce por ciudad, con semáforos y cedas.

Antes de que pudiera sacar ninguna conclusión, el coche se detuvo una vez más, y entonces alguien se bajó y abrió mi puerta. Llovía a mares, y me sacaron a la fuerza bajo la lluvia. La capucha me protegía, pero sentí el frío en mis manos y mis piernas. Y entonces sentí que me ayudaban a subir a una acera. De baldosas. No estaba en el campo. ¿Dónde coño estaba? ¿Qué iba a pasar?

Me quitaron la capucha y el pelo se me empapó al instante. El tipo que me la quitó se montó en el coche sin decir una palabra. Se largaron de allí con prisa. El tiempo que tardé en adaptar la vista al lugar me impidió tomar ninguna referencia del coche, pero daba igual.

Estaba allí solo, en medio de la calle. En una urbanización de chalets. Ignoraba cuál: sabiendo el tiempo de viaje desde Madrid, podría hacerme una idea. Pero era una idea tonta.

Caminé en círculos por unos segundos. Sin poder creerlo. Estaba vivo. Me habían soltado. ¿Me habían soltado?

Me centré. Intenté orientarme. Corrí por la calle en busca de algún cartel, alguna referencia. Estaba libre, joder. Aquel lugar era grande, pero a lo lejos vislumbré semáforos. Una calle importante. Tiendas. Letreros. Corrí hacia allá, calándome hasta los huesos y pisando todos los charcos del mundo. Con mil ideas bulléndome en la cabeza.

Era una calle grande pero había pocos locales comerciales. Calma, Velázquez. ¿Por qué no buscas un sitio para protegerte de la lluvia? Unos soportales de un edificio de pisos recién construido. Allí me fui. Me senté en el suelo seco, apoyado en una columna.

Había un solar al otro lado de la calle y tres carteles publicitarios enormes, clavados en el suelo. Uno de ellos ofrecía unas tarifas inmejorables de internet por banda ancha. Otro de ellos, la temporada de invierno del Cortinglés. El tercer cartel me dejó sin aliento, y boquiabierto.

En el tercer cartel salía Alicia. Mi novia. Sonriente. Más que sonriente, desafiante. Vestida elegante, con un moño y un collar de perlas. Bellísima, debo decir.

El cartel era un medio plano de cintura para arriba de ella. Sonriente. Con la libreta de Gant en la mano. La libreta. La puta libreta.

En la mano. Mostrándola en el cartel.

"El secreto del cuaderno. ¿Estás lista para descubrirlo?
www.elsecretodelcuaderno.com 
MUY PRONTO"

Me dio vueltas la cabeza. Pero ¿qué locura había organizado esta mujer?
¿Había montado una campaña de carteles y publicidad? ¿Una campaña viral? Eso era... era brillante, era como dar una bofetada en la cara a la Reina y a todo el CNI y toda la gentuza que estaba detrás, nadie puede parar algo así. ¿Me habían soltado por eso? ¿Cómo era posible? ¿Mi novia estaba haciendo un chantaje al Estado? ¿Así tan fácil?

Fuera lo que fuera, la cosa estaba clara. Estaba viva. Viva y con la libreta. En algún lugar.
Todo era posible ahora.
Seguía lloviendo, pero al final de la calle, comenzaba a amanecer. 

Final de la "primera temporada" :-)

lunes, 24 de junio de 2013

108 Lento e molto espressivo

Tan cerca...

El ferry ahí abajo, los coches comenzando a embarcar. Bastaba con bajar las escaleras...

Miré a mi alrededor. Por supuesto. Las cámaras de seguridad en el techo. Quizás Alicia con su hiyab hubiera confundido a algún vigilante de seguridad, pero claramente yo no. Era el Enemigo Publico Numero uno. De pronto me sentí débil. Vi cómo los policías comenzaban a bajar de los furgones y hablaban entre ellos. Señalando el edificio de la terminal donde estábamos nosotros.

La música ambiental que sonaba calló en aquel momento. Me pareció que mi corazón dejaba de latir, mientras volvía mi vista al mar.

Tan cerca...

Y entonces, como viniendo en nuestra ayuda en el último momento, comenzó a sonar Claude Debussy por los altavoces.



Las primeras notas de aquel hilo musical me hicieron pensar que me hallaba dentro de un sueño. Lento, pausado, Claude me estaba diciendo que había que tomar una decisión y había que tomarla ya. De todas las melodías que podían haber sonado, en aquella terminal del puerto, mientras los agentes tomaban posiciones en las entradas y salidas, sonó Debussy. Como una señal.

-¿Qué vamos a hacer? -susurró Alicia, como paralizada, dándose cuenta de lo que estaba a punto de suceder. Tanto esfuerzo para nada, debió pensar. Yo sabía que la desesperación debía estar comenzando a invadirla.

La miré un momento y después, guiado por las notas del piano, analicé serena y profesionalmente la situación. Busqué con la mirada la zona de control de pasaportes, el acceso a la pasarela por la cual ya comenzaban a embarcar los pasajreos. Miré abajo, al aparcamiento y a la fila de coches que subían a las bodegas del enorme transbordador. Comprobé los grupos de gente que caminaban a nuestro alrededor, o reían, o comían algo sentados en los bancos de la sala de espera. Muchas mujeres vestidas como Alicia. Felices porque volvían a casa. Medí distancias, calculé tiempos. Opciones.



Entonces di un paso hacia Alicia y la tomé de la mano.
-Tengo un plan -susurré. Ella me miró esperanzada de nuevo, sabiendo que sólo teníamos unos minutos.

Le señalé el cuarto de baño cercano, tras unas plantas tropicales. Los violines acompañando al piano me daban una extraña calma, y se lo expliqué con precisión.

-Te vas ahí, y te juntas con ese grupo de mujeres que van a entrar ahora. Sal junto a ellas, pegada, y te vas con tu billete para el control. Los que miran los pasaportes están hartos de mirar documentos en árabe, tu DNI les chocará al verte vestida así, pero con el lío que tienen no creo que hagan preguntas. Subes a la pasarela, no pierdas tu billete, y embarcas pegada a ese grupo.
-¿Crees que no tendré problemas? -preguntó ella, preocupada-. No sé, seguro que están en alerta después de todo lo que ha pasado... ¿Y tú qué vas a hacer mientras? ¿Bajarás al coche? Estoy viendo gente por el aparcamiento, no creo que puedas sin llamar la...

Su voz se apagó gradualmente al bajar la vista y ver lo que yo sostenía en la mano cerca de mi pantalón. Era la libreta de Gant, el pequeño bloc con todos sus garabatos y apuntes incomprensibles, manoseado mil veces por mi. Había estado guardándola en mi pantalón todo este tiempo, desde Barcelona, y había llegado el momento de dársela. Ella la miró, sin atreverse a tocarla.

-Por qué me la das -musitó, comprendiendo poco a poco-. Por qué me das la libreta, cariño.
-No quiero que me cojan con ella -le expliqué muy serio-. Verás, voy a liarla. Voy a montar un pollo para atraer a esos tíos. No soy tonto: voy a intentar que no me cojan. Pero intentaré liarla lo suficiente para que tú ya estés embarcada. Coge la libreta. Guárdala. Todo depende de ella.
-No quiero -sus ojos se humedecieron-. Y una mierda, tú te vienes conmigo. O los dos o ninguno.
-Eso es una idiotez y lo sabes, Alicia -insistí-. Somos un equipo en esto, y si queremos salvar esa libreta y que se sepa la verdad, tenemos que colaborar. Y la única manera es esta. Lo sabes perfectamente.
-Que no quiero -insistió, comenzando a aceptar la verdad-. ¿Qué voy a hacer yo sola allí en Marruecos? ¿Y qué te harán si te cogen?
-Te las apañarás. La nueva Alicia que conozco desde hace unos días se las apañará de maravilla. Encontrarás ayuda, lo sé. -dije, reprimiendo con todas mis fuerzas mis deseos de acariciar su rostro por última vez o darle un beso: entre dos supuestos musulmanes, en público, no habría sido creíble. Aquello era una misión, igual que cuando trabajaba en el Cuerpo, igual que cuando actuaba de infiltrado. No había lugar para los sentimientos. Pero Claude Debussy seguía sonando y me ponía las cosas muy difíciles.

Alicia cogió la libreta y la guardó entre sus ropas. Le di también su billete y me quedé con los demás. Lo lamenté por el pobre Omar y sus hermanas: casi con seguridad se quedarían en tierra. Sonreí a Alicia, sin saber cuándo volvería a hacerlo. Sus labios temblaban, pero respiró hondo y recobró la serenidad tras unos segundos.

-Hasta luego -susurró, yéndose a los lavabos.

Así que me quedé solo, acompañado por Claude y su música, que me susurraban al oido que había hecho lo correcto. Lo tenía claro. Observé el barco que en unos minutos zarparía hacia la lejana costa africana, y volví a repasar mis cálculos. Lo ensayé varias veces en mi cabeza.

Vi salir a Alicia del baño rodeada de mujeres. Alguna incluso hablaba con ella. Bien, cariño. Lo estás haciendo de puta madre. Caminaron hasta el fondo de la sala, donde los arcos de seguridad y los vigilantes revisaban los equipajes de mano y los documentos. Observé con disimulo, rogando que los minutos fueran más lentos. Que todas sus miradas se concentrasen en mí cuando todo pasara. Todos en mí. Todos a por mí.

Ella no me miró en ningún momento. Hizo cola como todas las demás. Y, en el momento preciso, me alejé de la ventana. Con el corazón acelerado.

Me acerqué a una de las palmeritas que había plantadas en una maceta al lado de las máquinas de refrescos. Con decisión, arranqué unas de las ramas más gruesas, que se rompió con un "crack". Escogí a la primera que pasó a mi lado, un chico joven con la cara muy morena y camiseta del Barça.

-Me cago en Dios -aullé con todas mis fuerzas mientras pinchaba con las astillas en su cuello-, ¡que nadie se me acerque!

La gente que había alrededor caminando, todos ellos, se quedaron petrificados. Incluyendo, observé, los del control de pasaportes. Grité unas pocas blasfemias con voz de demente y amenacé con matar al chico si no me dejaban pasar inmediatamente a bordo del barco.

Dejé pasar unos segundos prudenciales. Buena suerte, Alicia, pensé. Entonces solté al chico y corrí a toda velocidad hacia la salida, hacia el aparcamiento. Hacia la Policía. Escogí la escalera de emergencias y no la mecánica.

Derribé a un poli que subía las escaleras, ya con su uniforme de antidisturbios preparado. Tuvo tiempo de gritar dando la alarma mientras yo recobraba mi equilibrio y bajaba saltando los escalones de cuatro en cuatro. En las puertas acristaladas de abajo choqué con una familia que entraba cargada de maletas. Mala suerte. Miré a mi alrededor, ya al aire libre, la manera más rápida de alejarme de...

Cinco policías se me echaron encima al instante. Me inmovilizaron contra el asfalto, clavando sus rodillas en mi espalda, y además aprovecharon para pegarme unas cuantas patadas con saña en las costillas. La verdad es que no por esperado me dolió menos.

"Buena suerte, Alicia" susurré para mí mismo.


107 Océano

Una suave música "de ascensor" ambientaba el lugar.

A través del ventanal, las gotitas de lluvia se deslizaban perezosas hacia abajo. El mar, en cambio, se agitaba nervioso, como si supiera las sensaciones que me atravesaban. Pequeños penachos de espuma aparecían y se iban. Miré el ferry amarrado en el muelle, quieto como si estuviera hecho de hormigón: era increíble que estuviera flotando en esas mismas aguas.

Miré a Alicia de pie a mi lado. Ella también estaba inquieta. No era para menos.

Las últimas 24 horas habían sido todo menos tranquilas. Habíamos salido del túnel en casa de la abuela Fátima, la madre de Ahmed, otro de mis antiguos compañeros/enemigos en el negocio, que se puso blanco del susto al vernos salir de una alacena de la cocina, llenos de polvo y suciedad.

-Ibamos a tapiar ese boquete un mes de éstos -nos decía riendo mientras nos invitaba a cenar-, todavía has tenido suerte, amigo.

Nos dejó mirar por la ventana de la cocina, apartando un poco los visillos. Estábamos a varias manzanas del restaurante de Hrundi, y la vida allí parecía un poco más normal. Por primera vez en mucho tiempo, comencé a albergar esperanza.

Así fue como salimos Alicia y yo del barrio Chino.

Sin dar muchos detalles, conté a Ahmed cómo estábamos escapando de la policía, sospechosos los dos del ataque terrorista. Él me conocía, pero su madre no. Dudó de nosotros al instante. Nos soltó una retahíla acerca de cómo estas cosas daban mala imágen a los buenos musulmanes, y nos echó de su casa con muy malos modos. Ahmed tuvo la delicadeza de prestarnos algo de ropa para pasar algo desapercibidos. A mí me dejó un chándal de colores fosforitos que más o menos me valía: regalo de su madre, me dijo con un guiño. A Alicia, para su sorpresa, unas ropas de su madre que sacó a escondidas del armario, y un pañuelo para la cabeza: un hiyab que ocultaba completamente su pelo. Se miró durante un buen rato en el espejo: jamás había llevado nada así.

-Al menos -opinó al cabo- será difícil que nadie me reconozca, y menos una cámara de seguridad.

Hablamos con Ahmed. Nos ofreció ir a visitar a un primo suyo que vivía en Hospitalet. Iba a salir aquella misma noche de viaje hacia Marruecos, con el coche cargado de ropa y equipajes y con sus hermanas: las iba a llevar a pasar el invierno con su madre de vuelta al hogar. Iban a bajar hasta Almería para coger el barco, y Ahmed nos ofreció unirnos a ellos.

-Tenemos que salir de España una temporada -opiné-, es lo único que podemos hacer. No tenemos más lugares donde escondernos.


Y así, en la furgoneta nueva de Ahmed, fue como salimos Alicia y yo de Barcelona.

Aquella misma noche, salimos apretujados los cinco: el primo de Ahmed, Omar; sus dos hermanas, Marjana y Nadia, y Alicia y yo, entre bolsas llenas de ropa y maletas y bolsas de deporte. Y, no sé Alicia en el asiento trasero, pero lo que es yo, por primera vez en mucho tiempo, descansé durmiendo durante las largas horas de autopista que nos separaban de Andalucía. Indiferente, para mi sorpresa, a la Guardia Civil que pudiéramos encontrarnos, controles de carretera, coches que nos pudieran seguir... nada me importaba ya. Sólo quería irme lejos, muy lejos, y el otro lado del Estrecho era un buen lugar. Luego... ya se pensaría. Justicia, venganza, verdad, eran palabras que me quedaban muy lejos todavía.

Y así fue cómo Alicia y yo llegamos de buena mañana, lloviznando, al puerto de Almería.


Nuestro ferry hacia la libertad, amarrado en el muelle comercial: un enorme buque con las puertas de la bodega abiertas como fauces, tragando camiones de frutas y verduras. Mi novia y yo nos habíamos acercado a la terminal de pasajeros a por los billetes para todos y algo para desayunar.

Y allí nos quedamos unos momentos, con un café en la mano cada uno, viendo el mar agitado, como presagiando los tiempos duros y complicados que nos esperaban al otro lado.

-Tiene gracia -murmuré-. La libertad siempre está al otro lado del mar. No importa en qué lado estemos; siempre queremos ir al contrario.

Como hacía cada media hora, casi por instinto de conservación, palpé uno de los bolsillos del abrigo que llevaba. Allí estaba la libreta de Gant, la última superviviente del naufragio. Nuestra llave hacia la verdad.

Di un último sorbo al café antes de volver con los billetes al aparcamiento: pronto sería nuestro turno de embarcar en el ferry. Busqué con la mirada el coche sobrecargado de Omar, y entonces fue cuando vi los furgones de policía entrar al recinto del puerto comercial.

Tomando posiciones alrededor de la terminal.

Miré a Alicia: ella también los había visto.

domingo, 23 de junio de 2013

106 Down under

Caminamos por el estrecho pasadizo, únicamente iluminados por mi mechero (Alicia había guardado el suyo para caso de emergencia). No estaba tan mal como parecía, aunque el olor a humedad era insoportable y en ocasiones pisábamos sustancias que era mejor no investigar, pero no había ratas ni bichos ni aguas cenagosas ni nada de eso. En ocasiones había que agacharse por debajo de una conducción de algo que pasaba justo por ahí.

Yo al menos me sentía bastante seguro. Era evidente que ese sitio había sido usado por gente de forma ocasional para trapichear con alijos de droga. Mi vista profesional localizaba indicios a cada paso. Qué exitazo habría tenido, me dije, si hubiera dado con esto cuando me dedicaba a perseguir camellos, en lugar de huir de la policía como en aquellos momentos.

Me di cuenta de que Alicia no hablaba desde hacía algún rato. Me volví y allí estaba, caminando detrás de mí, con los ojos muy abiertos, escudriñando la oscuridad como yo.

-¿Claustrofobia? -pregunté-. ¿Cómo vas?
-No voy demasiado mal -me contestó-, con un curioso eco en las paredes ladrillo que nos rodeaban-. Ahora mismo me preocupa más que ahí arriba nos estén buscando como locos. Me parece increíble que nos hayan sacado en la tele y todo como terroristas.... joder, me indigna.
-A mí también -le dije mientras continuaba nuestro camino a través de la oscuridad-, pero intenta explicarle eso a la opinión pública. Ahora mismo somos Satán para todo el mundo.
-¿Y qué vamos a hacer entonces? ¿Entregarnos y explicarlo todo? No toda la policía y los jueces van a formar parte de este embrollo. Alguien habrá que nos crea.

Agité la cabeza, desanimado.
-No me pienso arriesgar -le respondí-. Ya has visto las que lían. Esta tía ha decidido que todo vale para que nadie la implique en el caso, volar edificios si es necesario. ¿Crees que no vamos a tener un accidente inesperado? Tenemos que desaparecer.
-O plantar cara -dijo ella con firmeza.

Pasamos por cuidado por una acumulación de bolsas de plástico apelotonadas contra la pared, con cuidado de no resbalarnos. A partir de ahí las paredes se estrechaban todavía más, a la vez que hacían un quiebro hacia la derecha. Comenzó a hacérseme un poco demasiado largo aquel túnel.

-Me sorprendes, Alicia -le confesé, tras caminar unos minutos en silencio-, no sé cómo decirlo... antes, bueno, esta noche, en la cama... eras como otra. Eras como una mujer diferente. No sólo por el polvo, entiéndeme, pero estás super combativa... y llevo días en los que he descubierto que estás metida en una especie de organización criminal... que me seguías en secreto... no sé, estoy alucinando con todo esto en lo que estamos metidos, pero especialmente contigo.
-La gente cambia, cariño -dijo ella-. ¿Y te gusta más o menos?
-Es diferente... -respondí-. No me disgusta. Es sólo... extraño.
-Tu también estás extraño -dijo a mi espalda-, y a mí sí que me gustas más.
-Eso sí que no lo entiendo... me lo dijiste anoche, en pleno... ya sabes.

Mi novia se tomó unos segundos para contestar.

-Pues no sé muy bien cómo explicarlo -comentó-, pero... no sé, yo siempre había notado algo que nos separaba,... pertenecíamos a dos mundos diferentes. Dos formas de ser distintas. Tú siempre tan buen rollo, con tu música, tu tranquilidad, tu forma de ver la vida, siempre según el manual, siempre volviendo a casa a tu hora, el recto agente de la ley...  y de repente empiezo a averiguar cosas que me tenías ocultas... tu pasado con esos camellos, sin olvidar lo de tu compañera...
-Suárez -casi la había olvidado-... de verdad, me sorprende que me hayas perdonado... si es que me has perdonado.
-Perdonar, no estoy segura, pero te comprendí -dijo tras una pausa-, comprendo por qué lo hiciste. Te liaste la manta a la cabeza y te saltaste la norma. Y con el resto de las cosas igual. Con Suárez me cabreé muchísimo y estuve a ésto de dejarte. Pero luego empezó a salir el resto... y creo que el hombre que veo ahora me gusta más que el de antes. Mucho más. Y, no sé, creo que ahora estoy dispuesta a muchas más cosas a tu lado... me siento fuerte, me siento decidida. Seria capaz de...


Le hice callar bruscamente con un gesto. Podía escuchar unas voces lejanas. Una conversación, muy cerca. Apagué el mechero. Allá delante, claridad por primera vez. Estábamos llegando a algún sitio.

jueves, 20 de junio de 2013

105 Hit the road

-No puedes hacernos esto -dije muy serio a Hrundi-. No puedes echarnos de aquí.
-Sí que puedo -mi amigo hindú agitaba la cabeza, obstinado-, tengo demasiados problemas...
-¿Has visto eso? -señalé la tele, donde el ministro del Interior hablaba en esos momentos, con expresión indignada-. ¿Has visto a ese tío? Nos van a cazar como a perros, Hrundi, y nosotros no hemos sido, joder, no hemos sido... no tenemos nada que ver con eso, han sido capaces de volar un rascacielos con gente dentro para ir a por nosotros. ¿Nos vas a dejar tirados?

Miré a Alicia, que observaba la tele con los ojos muy abiertos. Toda su energía, sus ganas de luchar, sus aullidos de venganza (parte orgasmo parte venganza) se habían desvanecido, aplastados todos ellos por la voz del Ministro prometiendo justicia y firmeza y todo eso. Pero esta vez no eran palabras vacías. Nuestras fotos salían cada pocos segundos en la tele. Irían como locos a por nosotros.

Posiblemente el barrio estuviera ya plagado de policías de paisano, y no de paisano, peinando casa por casa.

-Nos van a ajusticiar, nos van a ejecutar en prime-time en la tele nacional -le insistí, desesperado-. Eso es lo que quieren.
-Pero vosotros no habéis hecho nada ¿o sí? -me gritó mi amigo-, si has venido aquí con mentiras... aquí vive mi familia, no voy a permitir...
-Joder, Hrundi -le contesté en el mismo tono-, tienes aquí una tapadera de puta madre para traficar con droga y me mencionas la pureza de tu familia.
-Tú mismo has dicho -me replicó- que esa gente va a saco. Son capaces de volar la puta manzana con explosivo. Lo siento.
-No nos eches a la calle -le rogué, intentando jugar mi última carta-, mira a Alicia. No sabes lo que pueden hacer con ella.

La cara de Hrundi ni se inmutó, obstinado. La verdad es que le comprendía. Yo en su caso, en la época en la que llevaba mi propio "negocio", habría hecho algo parecido ante una situación así. Mi mente cavilaba a toda velocidad acerca de nuestras posibilidades en cuanto saliéramos a la calle aquella mañana, cuando de pronto el hijo de Hrundi, que andaba por allí cerca ayudando con no sé qué, habló por primera vez.

-Pueden irse por el túnel que lleva donde los moros -dijo con un fuerte acento catalán: él había nacido allí-, así no nos comprometen. Si les ven salir de nuestra puerta sabrán que les escondimos.

Hrundi miró a su hijo reflexivo.
-¿Qué túnel? -dije yo, interesado-. En todas las veces que vine aquí de uniforme a registrar el local, nunca encontramos ninguno, y mira que teníamos sospechas.
-Hay uno de cuando la Guerra Civil -admitió, algo remiso al principio-. Sí, nunca llegásteis a encontrarlo. Lo usábamos como almacén y cuando había que llevar cargamentos al barrio de los moros. Supongo que podéis iros por ahí.

Miré a Alicia. Al fin una esperanza. Ella no estaba tan segura.
-¿Crees que es seguro? -me dijo.
-Yo confío en Hrundi -respondí con firmeza, aunque no tan convencido en mi interior.

Pocos minutos después volvíamos a bajar al sótano donde habíamos pasado la noche, pero esta vez acompañados de mi amigo.
-Tomad -nos dijo una vez abajo, entregándonos un mechero corriente ("Restaurante Hindú Goa") a cada uno, como único medio de iluminarnos. Aquello no me presagió nada bueno, pero decidí esperar a ver el túnel; además, era nuestra única vía de escape.

Con sus enormes manos apartó uno de los armarios polvorientos que habíamos visto abajo: para nuestra sorpresa detrás había un agujero en la pared de ladrillo por el que cabía una persona con dificultad.

-No nos iremos a meter ahí -dijo Alicia, inquieta.
-Llevamos años usándolo -le intentó tranquilizar Hrundi-, y cuando vuestra famosa guerra, la gente escapaba por ahí cuando tomaron la ciudad los comunistas, para ir de casa a casa.
-Los nacionales -le corregí.
-Lo mismo me da -me sonrió y me dio un codazo amistoso. Examiné la entrada y encendí el mechero para ver el claustrofóbico interior, pero no es que pudiera verse gran cosa.
-Joder, Hrundi -le dije, guasón-, yo podía haber usado esto para guardar cosas y para esconder a mi gente, cuando estaba en tu gremio, y nunca me hablaste de ello.
-Lo siento -rió-, no confío en traficantes de droga. Adentro, chicos. Ha sido un placer pero tenéis que largaros. Tenéis como una hora hasta la casa de los moros, es decir, de Ismaíl. Le das recuerdos míos ¿eh? Y no tengáis miedo de las cucarachas.

Nos ayudó a entrar en aquel túnel inmundo, estrecho, que nos obligaba a agacharnos para entrar, y con la única iluminación de los dos mecheros.

-¿Para allá? -señalé, inseguro.
-Para allá -indicó, taponando la entrada de nuevo con el armario. Oscuridad total de nuevo. Miré a Alicia a la miserable luz del mechero.

-Vaya amigos -bufó ella.

miércoles, 19 de junio de 2013

104 Revelación

Aquello no fue un combate en toda regla; yo no podía defenderme. Alicia me había derribado sobre la cama y se había sentado a horcajadas sobre mí; en la oscuridad, yo sólo podía oír el ruido de sus ropas, su chaqueta, su camisa, mientras se desvestía apresuradamente, casi frenética, a juzgar por el sonido de su respiración. Despues, con un poco de ayuda atónita por mi parte, me quitó la camiseta prestada que yo llevaba puesta desde hacía demasiado tiempo.

-Ven aquí -susurró, y se lanzó sobre mi boca, comiéndome con hambre, y posando sus pechos desnudos sobre mi piel. Respondí a su provocación, por supuesto, y mis manos recorrieron su espalda, sus caderas, sus piernas.

Pero sus besos sabían diferentes. Sus movimientos parecían diferentes. Era como otra mujer. Con un movimiento ágil se quitó los pantalones y el resto de la ropa interior, pero a mí me bajó los míos sólo hasta las rodillas. Estaba claro que quería dominarme: se me subió encima y sin ceremonias, sin pedirme permiso, nada, me introdujo dentro de ella. Se volvió frenética, comenzó a jadear y a agitarse.

Nunca la había tenido así. Por supuesto, me aproveché todo lo que pude, besando, mordiendo, y sintiendo cada movimiento que ella hacía, vibrando y temblando con mi sexo dentro de su carne. Pero, en medio de aquella ensoñación, en la oscuridad perforada por el sonido de sus gemidos salvajes, sentí momentos de incomodidad.

Era como si fuera otra. Llegué a sentirme casi infiel, ¿no es ser infiel follarte a una mujer diferente de tu pareja? Pues esta Alicia era distinta, tenía unas energías diabólicas, me absorbía dentro de ella como nunca antes lo había hecho, me llevaba a unos niveles de placer inauditos, y se retorcía como una poseída, saltando, moviéndose delante y detrás, susurrando entre dientes cosas ininteligibles...

De pronto puso sus manos sobre mi pecho y empezó a bambolear sus caderas de una manera tal que mi consciencia se fue al garete. Sólo podía pensar en entrarle muy dentro y muy profundo antes del final, para el que ya quedaban muy pocos segundos...

-Vamos a joderla -comenzó entonces a gemir-, vamos a joderla viva, vamos a joder a esa puta...
-¿A quién? -dije con mis últimas fuerzas.
-Vamos a joderla -continuó-, Dios, sí, juntos lo haremos, juntos vamos a joder a esa puta, a acabar con ella, ¡Dios! ¡Lo haremos juntos, sí!

Esas y no otras fueron las palabras que escuché cuando mi novia Alicia me llevó al orgasmo más intenso que jamás he sentido. Durante unos segundos estuve en otro universo, desorientado, vacío de energía, flotando entre las esferas mientras mi novia explotaba sobre mí, gritando al límite de sus fuerzas. Lo siguiente que recuerdo fue ella, desnuda, tumbada a mi lado y abrazada a mí sobre el colchón, intentando recuperar el aliento.

-¿Quién...? -logré articular al fin-, ¿a quién decías...?
-A nuestra querida Milady, cariño -me susurró al oído mimosa-, a esa reina corrupta y bastarda. Vamos a acabar con todo esto, porque tenemos la sartén por el mango. Tenemos la libreta que te llevaste de donde Gant ¿verdad?
-Sí -yo comprendía al fin- pero no veo que uso...
-Encontraremos el uso -me insistió, emocionada-. Ellos no tienen nada y nosotros sí. Estamos ocultos, nuestra situación es perfecta. Podemos...

En aquel momento se oyó un chirrido fuerte en el techo y ambos comprendimos al instante que alguien iba a abrir la trampilla. Con el corazón en la boca nos vestimos apresuradamente, palpando y cogiendo la ropa imprescindible.

-¿Será la policía? -susurró Alicia, un poco menos segura de sí misma.
-Me extrañaría que Hrundi les hubiera indicado este escondite -le tranquilicé, tomándola de la mano; aunque yo sabía mejor que nadie que los traficantes de droga no eran conocidos por su lealtad infinita.

Cesó el chirrido y se abrió un rectángulo de luz en el techo. ¿Ya era de día? No podía creerlo.

-Hora de despertarse -rió jovial mi amigo el dueño del restaurante-, no hay moros en la costa. Bueno, alguno que otro hay.
-¿Ha venido alguien buscando? ¿La policía? ¿Alguien? -grité desde abajo.
-Tranquilos, está todo tranquilo -respondió Hrundi-, pero creo que tenéis que subir y ver esto. Vamos, no querréis pasaros ahí el día.

Subimos al fin por la pequeña escalerilla a la cocina del restaurante hindú. Un vistazo por la ventana nos reveló que aún era muy temprano. La mujer de mi amigo estaba preparando cafés en la máquina, y la tele daba las noticias de la mañana. Me extrañó la atención con que la miraban todos.

-"El grupo terrorista" -decía la locutora- "no hizo reivindicaciones, y detonaron los explosivos sin previo aviso a los equipos policiales. El estado en el que ha quedado el edificio indica, según los expertos consultados, una potencia explosiva enorme. A estas horas se continúan analizando los escombros, y hasta el momento se han rescatado nueve cadáveres, tres mujeres y seis hombres, que están siendo identificados en estos momentos. No se dispone de más datos sobre el grupo causante del hecho, excepto estas cuatro fotografías facilitadas por el Centro Nacional de Inteligencia tras consultar con la Interpol y otros grupos de..."

Alicia y yo contemplamos estupefactos los restos del edificio de oficinas. Gant & Asociados ya no existía. Al parecer algunos de sus empleados, tampoco. Se lo habían tomado en serio. Muy en serio. Y al ver en la pantalla las caras de Gant, su hijo, Alicia y la mía, no pude evitar comenzar a temblar. Literalmente. Incontrolablemente.

-Lo siento, chicos -dijo Hrundi a mi espalda-, pero tenéis que iros.


miércoles, 12 de junio de 2013

103 Reacción

Alicia escuchó pacientemente, mirándome a los ojos, muy seria y concentrada. Estaba muy cansada, pero no dejó de mirarme ni un momento mientras yo le contaba toda la historia.

Después, cuando terminé, respiró hondo. Descubrió su plato de comida a los pies.
-Deberíamos cenar algo -musitó. Tomó el plato y comió unos bocados sin ganas, con la mirada perdida.

Yo me consumía. Quería una reacción. Quería que me dijera cabrón, o hijoputa, o me has engañado por última vez, algo, lo que fuera. Pero el cansancio y la fatiga mental y física la hundían en aquellos momentos. Yo lo comprendía a medias. Había algo en mí que necesitaba un castigo. Una bronca. Algo, lo que fuera.

Alicia, sentada en su colchón, dejó el plato de cordero con curry a medias en el suelo. Suspiró hondo. Se había rendido. Sin quitarse su traje de chaqueta, sin ceremonias, sin comentarios, sin una sola palabra, se recostó en el infame colchón, se dio media vuelta, dándome la espalda, y se quedó profundamente dormida.

Me sentí frustrado. Pero reconocí que era un alivio haberlo soltado todo.

Yo me quité algo de ropa para estar más cómodo, y la contemplé con preocupación. Esto podía ser demasiado para ella. Temí cómo sería el despertar, ya descansada, con la mente clara y libre para pensar en todo lo que había sucedido. Ese sería el verdadero momento crucial.

Así que la estuve observando unos minutos dormir, mientras me comía con desgana y cansancio infinito mi propio plato de curry. Finalmente apagué la bombilla (en realidad la desenrosqué ligeramente, porque fui incapaz de encontrar botón o cable alguno para apagarla) y a tientas busqué mi colchón, mohoso y maloliente. Pero blando.

Me quedé dormido.

No sé cuánto tiempo en realidad; sin mi móvil ni un reloj ni referencias de día o de noche, podría haber sido cualquier hora cuando sentí a Alicia moverse a mi lado en la oscuridad. Desconcertado, me froté los ojos, pero no había nada que ver. Sólo era ella, sentada en mi colchón, respirando con calma.

-No te asustes -susurró.
-¿Qué ocurre? -pregunté, alarmado y con el pulso acelerado por el susto. No podía verla, solo sentir su peso sobre mi colchón. Me incorporé, listo para salir corriendo si fuera necesario, supongo.
-Estaba pensando, nada más -dijo, con voz calmada-. Te juzgué mal durante mucho tiempo.
-Te oculté cosas. Cosas gordas.
-Sí, -insistió con una voz extrañamente suave-, pero yo tenía que haber notado algo. Demonios, eras policía, todos los policías son tipos duros con secretos y amistades chungas. Pero para mí siempre eras responsable, inocente, trabajador y tranquilo, sin vicios ni maldades ocultas. Te gustaba la música y los ratos tranquilos conmigo.

Era surrealista escuchar a Alicia decir esas cosas en la oscuridad total después de lo que había pasado. No pude evitar preguntarme si había sido un sueño.

-Y ahora, cuando nuestra vida corre peligro -continuó ella- es cuando te conozco de verdad. Me pusiste los cuernos durante meses. Montaste una red de tráfico de drogas. Ocultaste información en el juicio mientras yo confié en tí totalmente. Es como descubrir que tu novio no es tu novio, que es un clon, o que es otra persona.

Vamos allá, pensé con tristeza. Pero ella continuó hablando.

-Son cosas profundamente inmorales -reflexionó, con una calma inquietante-. Como las que me echas en cara a mí, desde que trabajo con Gant. Ahora veo que no somos tan diferentes en eso. Somos iguales en joder a la gente, de maneras diferentes, pero lo somos.
-Yo ya he olvidado esa época -me defendí, intentando ganar su compasión-. Puedo cambiar.
-Es que en realidad -susurró Alicia, mientras el sonido de sus ropas me indicaba que se acercaba a mí-, no quiero que cambies.

Sentí su mano cálida en mi mejilla, atrayéndome hacia algún sitio desconocido, hacia la oscuridad que me rodaba en todas direcciones. Sólo un segundo después supe que me había llevado hacia sus labios, que besaron los míos con una intensidad inusitada.

Su boca sabía a curry, pero había otra sensación que sentí al instante, al sentir el roce de su lengua contra la mía. Excitación. Impaciencia. Pasión. Mientras mi novia Alicia me comía la boca con deseo, sentados los dos muy juntos sobre aquel colchón infecto, en la oscuridad más absoluta, mi mente se abría camino a un mundo nuevo.